Lost in translation

9 febrero, 2015 - 20 minutes read

Se dice que con el inglés y el español uno puede viajar a casi cualquier lugar del mundo sin tener problemas de comunicación. Pero ¿vale esto también para Japón? Así pensaba yo cuando a principios de este siglo dirigí mis pasos hacia ese lejano país. A decir verdad, no confiaba mucho en el español, pero sí en el inglés. Por aquel entonces todavía no se había estrenado la película Lost in translation, así que no fue hasta unos años después cuando comprendí muy bien a sus protagonistas.

Japón es uno de esos países en los que no se puede confiar al cien por cien en el inglés para moverte a tus anchas sin tener problemas de comunicación. Bien es cierto que ha pasado más de una década desde que puse los pies en ese maravilloso país y es posible que las cosas hayan cambiado. Estas son las impresiones que dejé por escrito al poco de regresar de Japón y en las que narro cómo solventé los inconvenientes de no hablar japonés para desplazarme por el país y llegar al destino deseado.

***

Un buen día de octubre decidí hacer las maletas y tomar un avión con destino a Japón. Volé desde Barcelona vía Fráncfort a Osaka y, tras trece horas de vuelo, aterricé en el País del Sol Naciente. Sentía una enorme curiosidad por visitar este país asiático. No tenía muy claro qué me iba a encontrar, aunque sí me habían advertido aquellos que ya habían pisado estas lejanas tierras que la cuestión del idioma no era un asunto sencillo. A pesar de la imagen que yo tenía de Japón como un país moderno, con una alta tecnología y una gran expansión internacional, resulta que los muchos millones de nipones que allí habitan solo hablan una lengua: japonés. No era un panorama muy alentador, habida cuenta de que mis nociones de japonés se limitaban a un konnichiwa y arigato. Bueno, al menos podría saludar y dar las gracias.

Una vez en Osaka, miraba a mi alrededor como si fuera la primera vez que salía de casa. Casi cualquier detalle, por nimio que fuera, llamaba mi atención. Tenía que coger un tren desde el aeropuerto para dirigirme a la ciudad. Una de las primeras palabras que aprendí en japonés fue mamonaku, un término que me resultaba muy gracioso y que, como pronto advertí, significaba algo así como «en breve». O sea, que si uno pretende utilizar el tren o el metro, lo mejor es estar atento a esta palabra porque lo que sigue inmediatamente es el nombre del destino al que uno quiere dirigirse.

Si algo bueno tiene el idioma japonés para un español es que se lee prácticamente igual que se escribe en romaji, en el que se hace uso del sistema latino. No está mal, si se tiene en cuenta que las palabras no se asemejan en nada a las de la lengua del insigne Cervantes. Así pues, ya sabía que para tomar correctamente el tren que iba a Osaka solo tenía que esperar a que los altavoces gritaran en una lengua extraña para mí mamonaku Osaka, Osaka desu. Desconocía el significado de ese desu al final de la frase, pero al menos el destino del tren, por la razón que fuera, se repetía dos veces. Eso me daba la oportunidad de despistarme una vez.

Los pasajeros esperaban pacientemente, en ordenada fila, junto a unos números pintados en el andén y que, suponía yo, corresponderían al lugar donde se abrirían las puertas del vagón. Menudos son los japoneses para imponer orden. Siguiendo las directrices de nuestro rico refranero español que nos advierte «donde fueres, haz lo que vieres», me coloqué en fila tras otros pasajeros. Apenas había rostros occidentales a mi alrededor, por lo que no podía intercambiar miradas cómplices con ningún turista perdido que acabara de aterrizar al igual que yo en este hermoso país.

Llegó el tren. De pronto observé con extrañeza que había un vagón con un letrero adhesivo —afortunadamente también estaba en inglés— que rezaba Women only. Ahora sí que no sabía qué hacer. ¿Debía subir a ese vagón exclusivo para mujeres? ¿Por qué existía un vagón solo para pasajeras? Opté por seguir observando a mi alrededor y, al ver que había numerosas mujeres que se repartían por los distintos vagones, me subí al que paró junto a mí, carente de letrerito que indicara el sexo de los pasajeros que debían acceder a él. Poco más tarde me enteré de que esta peculiaridad se debe a la moda —por llamarle de alguna manera— reinante en Japón por la que los varones se dedican a tocar el trasero de las féminas que tienen a su alrededor. Se les denomina «tocaculos», un término que define a la perfección la tarea a la que se dedican hasta que llegan a su destino. Con objeto de evitar esta costumbre, existe un vagón para que viajen únicamente las mujeres a partir de las once de la noche y en las horas punta de primera hora de la mañana.

Fuente: web

Una vez llegué a mi destino, corrí presta a la cama para dormir a pierna suelta todo lo que el jet lag y mi cansancio me permitieran. Animada porque no había sido tan complicado tomar el tren correcto y aparecer en el destino deseado, me propuse viajar utilizando los fabulosos transportes públicos japoneses para conocer otros lugares del país.

Tras una primera inspección de la urbe de Osaka, numerosas curiosidades seguían dejándome atónita a cada instante. Un ejemplo de ello son las aceras, que presentan unas marcas en relieve para que los ciegos puedan desplazarse por la ciudad sin mayores problemas. Cada pocos metros se encuentran por doquier las más variopintas máquinas expendedoras que uno se pueda imaginar. Pegadas unas junto a otras como soldados en formación, ofrecen al viandante desde bebidas a todas las temperaturas posibles hasta helados, golosinas y platos preparados calientes listos para comer.

9.-traductor-WEB

En un momento determinado me dispuse a buscar un lavabo público. Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con un inodoro al que lo único que le faltaba era un manual de instrucciones. Numerosos botones, situados en el lado derecho de la taza y con sus iconos correspondientes, proporcionan un vasto abanico de opciones para ser utilizadas durante esos momentos de intimidad: termostato para controlar la temperatura del asiento, chorros de agua dirigidos a las partes pudendas, regulador de la presión y temperatura de la salida del agua y, como colofón, música; sí, música, un sonido electrónico que imitaba el vaciado de una cisterna y cuya función es disimular los sonidos provenientes del cuerpo humano durante la función fisiológica.

inodoro

Continué mi vagabundear por las calles de Osaka. Carreteras que se meten dentro de edificios de formas caprichosas, grandes almacenes que vendían los artilugios más insólitos que uno pueda comprar, como unos parches para mantener la boca cerrada cuando se descabeza un sueñecito en algún lugar público. Dormir en autobuses y trenes parece ser un deporte nacional en este país. Nada más subirse al vehículo, los japoneses parecen caer en un profundo estado de narcolepsia del que milagrosamente salen cuando los altavoces anuncian el consabido mamonaku que indica la estación en la que deben apearse. Durante esta fase en la que se dejan mecer por los brazos de Morfeo, los nipones exponen sus dentaduras a los ojos vecinos que permanecen abiertos. Claro está que teniendo en cuenta que un porcentaje elevado dormita durante el trayecto, a veces tenía la sensación de que la única persona que permanecía despierta era yo. Ahora entendía la utilidad de los parches para cerrar la boca.

tren

© María Eugenia Santa Coloma

A pesar de moverme por zonas turísticas, me atrevería a decir que solo unos pocos miles de japoneses tienen algunas nociones de inglés. Aunque esto pueda parecer un problema para el viajero, a mí me resultaba tremendamente divertido porque me estrujaba el cerebro intentando encontrar similitudes que me permitieran moverme con un mínimo de seguridad y con la certeza de que iba adonde quería y comía lo que me apetecía.

Japón es uno de esos países donde el visitante extranjero siempre se siente mimado y colmado de atenciones. La amabilidad del pueblo nipón, sus exquisitos modales y su afán por ayudar, aunque no puedan comunicarse en el mismo idioma, son extremos. Así pude comprobarlo una vez más cuando tomé la decisión de dirigirme a la ciudad de Hiroshima y pasar unos días en esas latitudes del sur de Osaka.

A estas alturas, con plena confianza en mis capacidades para moverme sin ningún tipo de problema a lo largo y ancho del país, me dirigí a la estación de Osaka para tomar el tren bala —imprescindible aprender su nombre, shinkansen, para no coger el tren equivocado— con destino a Hiroshima. Otra cosa que también ayuda es fijarse en los kanji, los símbolos de la caligrafía japonesa procedentes de la antigua China. Como continuación del juego en que se estaba convirtiendo mi viaje a Japón, comencé a establecer comparaciones entre los símbolos y algunos elementos cotidianos que me resultasen familiares. Por ejemplo, Osaka se escribe con dos kanji; el primero se parecía a una letra A muy estilizada y el segundo me recordaba a una ventana de tipo inglés (sí, ya lo sé; tengo mucha imaginación). Así, cada vez que veía anunciada la próxima parada en los paneles luminosos del vagón, por si me había despistado al oír la locución, reparaba en las letras que semejaban una A y una ventana. De este manera, a modo de juego, descifrar palabras comenzó a resultarme muy divertido.

kanji_osaka

Osaka (Fuente: web)

Pero utilizando este método solo se puede conocer el significado de unos pocos vocablos y, claro está, cuando aparecen el resto, comienzan los problemas. Descendí del tren en Hiroshima y fui caminando hasta el centro. Di una vuelta por esta bonita ciudad con recuerdos del pasado que sería mejor olvidar y tomé un autobús para desplazarme a otra zona, donde quería visitar un museo conmemorativo de la guerra. En la parada había dos máquinas expendedoras de billetes; en una había algo de cola y en la otra no había nadie. Cómo no, me dirigí a la que estaba vacía, inserté un billete de cinco mil yenes —no tenía moneda fraccionaria— y esperé pacientemente a que el recibo hiciese su aparición por la ranura de la parte inferior. Esperé un tiempo que me pareció una eternidad, mientras los nipones de la máquina de al lado recogían prestos el billete que les permitiría coger el autobús. No reparé en un letrero rojo escrito en kanji. Obviamente, no tenía ni la más remota idea de lo que decía, pero no me fue difícil deducir, después de la larga espera, que se trataría de algo parecido a un «no funciona». Me acerqué a un japonés que lucía unas camiseta con las letras «U.S. Army» y le pregunté en inglés si me podía ayudar. Nada más pronunciar la primera palabra, me miró asustado haciendo gestos con las manos para indicarme que no entendía nada. Probé suerte con una linda muchacha de mirada dulce y, sin intentar siquiera preguntarle si hablaba algo más que japonés, le dije tranquilamente en español y gesticulando todo lo que podía que había introducido un billete de muchos yenes en la máquina y que no me daba el recibo. Una vez más, haciendo gala de la amabilidad con la que tratan a cualquier turista, la chica se alejó unos cuantos pasos, se dirigió a una garita, le contó algo al empleado que allí se encontraba —y que suponía y deseaba que fuese lo que yo había pretendido decirle— y, pocos minutos después, este apareció con una llave en la mano, abrió la máquina, me devolvió mis yenes y me acompañó amablemente a la máquina de al lado —aquella en la que todos los japoneses hacían cola—, introdujo mi dinero y me dio el ansiado billete. Solo pude repetir como una autómata arigato, arigato.

Después de vivir estas y otras muchas experiencias, siento en mi corazón una profunda admiración por un país como Japón, el cual, a pesar de no entender una sola palabra de ninguna otra lengua que no sea la del País del Sol Naciente, acoge al viajero con los brazos abiertos y una sonrisa en los labios.

Algunos viajes los recuerdas por los lugares, otros por las gentes y otros por lo mucho que has disfrutado y lo que te has divertido. Yo recordaré a Japón por todo esto y por mucho más. Un país especial, lleno de contrastes, con una tradición cultural de siglos de antigüedad y un equilibro aparentemente estable entre sus antiguas formas culturales y el mundo moderno que el pueblo nipón lleva con total naturalidad. Japón, tierra de geishas y samuráis, es una cita ineludible para cualquier viajero incansable al que no le importe llegar a un país en el que, excepto que hable japonés, todo intento de comunicación resulta prácticamente inútil. A pesar de todo, este exótico lugar, cuna de una tradición e historia milenarias, no deja indiferente a ningún viajero occidental.

 

Fotografía de portada: María Eugenia Santa Coloma